Perforando 3,2 kilómetros de hielo antártico se leen 800.000 años de atmósfera: ocho glaciaciones, ocho deshielos, un techo que nunca se rompió — y, escrito en el registro fósil, lo que les costó a las especies cada bandazo del clima. La línea vertical del final no se parece a nada anterior.
📚 Serie clima histórico — segunda entrega. La primera: «Mi hijo tendrá 74 años en 2100», el Mediterráneo a final de siglo.
Hay un sitio en la Tierra donde se puede respirar —bueno, medir— el aire de hace 800.000 años.
Está en la meseta antártica, se llama Domo C, y allí un consorcio europeo de científicos (el proyecto EPICA) pasó años perforando el hielo hasta bajar 3.260 metros. Cada metro de ese cilindro de hielo tiene burbujas de aire atrapadas, y cada burbuja es una muestra de la atmósfera del momento en que la nieve se cerró sobre ella. No es una reconstrucción ni un modelo: es aire antiguo, embotellado por el propio planeta.
Yo me dedico a los mapas de mañana y de pasado mañana. Esta pieza de la serie va en la dirección contraria: en vez de seis días hacia delante, ochocientos milenios hacia atrás. Y lo que se encuentra ahí abajo es de las cosas más ordenadas —y al final, más desconcertantes— que he visto en un gráfico.
Desliza sobre las curvas para recorrer el testigo. La clave de color de la franja fósil está justo debajo de ella.
Ocho latidos de cien mil años
Lo primero que salta a la vista en el registro es un ritmo. La temperatura sube y baja en ciclos de unos cien mil años: una glaciación larga y profunda, un deshielo relativamente rápido, un periodo cálido corto —como el actual— y vuelta a empezar. En 800.000 años caben ocho de esos ciclos. Ocho edades de hielo, ocho primaveras planetarias.
Y justo debajo de la temperatura, el CO₂ hace exactamente el mismo baile. Cuando el planeta se enfría, el CO₂ baja hacia 180 partes por millón; cuando se calienta, sube hacia 250-300. Las dos curvas se mueven juntas durante todo el registro, ciclo tras ciclo, sin excepción.
Una aclaración importante antes de seguir, porque las cifras de temperatura impresionan más de lo que deben: la curva es antártica, y la Antártida exagera. Los cambios allí son aproximadamente el doble que la media del planeta. Cuando el registro marca −9 °C en el último máximo glacial, la media planetaria estaba unos −4 o −5 °C por debajo de la actual. Con eso bastó para enterrar el norte de Europa bajo kilómetros de hielo.
El techo que nunca se rompió
Aquí viene el dato que a mí me parece el corazón del gráfico.
En 800.000 años —ocho ciclos enteros, con sus deshielos y sus periodos cálidos, algunos más cálidos que el actual— el CO₂ jamás pasó de 300 partes por millón. Ni una sola vez. Trescientos era el techo natural del sistema: el punto más alto al que llegaba el planeta en sus mejores primaveras.
Ese techo aguantó ochocientos milenios.
Hoy estamos en 429 ppm de media prevista para 2026, con un pico mensual de 432 ppm el pasado mayo — el valor más alto jamás medido en el observatorio de Mauna Loa, que lleva contando moléculas desde 1958. No estamos un poco por encima del techo: estamos un 43 % por encima, en territorio que ninguna burbuja del testigo ha pisado.
Y no es solo el nivel: es la velocidad. La subida desde las 280 ppm preindustriales hasta las 429 actuales ha ocurrido en unos 270 años, y la mayor parte en los últimos 70. Según la NOAA, el ritmo de aumento actual es entre 100 y 200 veces más rápido que el de la salida de la última glaciación, que fue el cambio natural más brusco del registro. Lo que en el hielo tardaba diez mil años, en el panel moderno del gráfico ocurre en siglo y medio.
¿Y quién va primero, la temperatura o el CO₂?
Esta pregunta aparece siempre que se enseña este gráfico, así que prefiero contestarla de frente.
En los ciclos glaciares, el disparador no es el CO₂: son los cambios lentos de la órbita terrestre, que redistribuyen cuánto sol llega a cada hemisferio. Ese empujón inicial calienta el océano, el océano cálido retiene peor el CO₂ y lo suelta a la atmósfera, y ese CO₂ extra amplifica el calentamiento que la órbita empezó. El orden natural es: órbita → temperatura → CO₂ → más temperatura. El CO₂ actuaba de amplificador, no de gatillo.
Lo de ahora es el mismo mecanismo físico con el orden cambiado: esta vez el CO₂ va primero —lo estamos poniendo nosotros, y la señal isotópica de ese carbono delata que viene de combustibles fósiles— y la temperatura responde. El punto rojo del gráfico, la anomalía global actual, ronda ya los +1,4 °C, y 2024 fue el primer año natural que rozó +1,55 °C sobre la era preindustrial según la Organización Meteorológica Mundial.
Que el CO₂ fuera amplificador en el pasado no es un consuelo. Es la demostración, escrita en hielo, de que el sistema climático responde con fuerza a ese gas, sea quien sea el que lo ponga en la atmósfera.
Lo que les pasó a los que vivían allí
Entre los dos paneles del gráfico hay una franja, y es la que más me costó decidirme a poner: el registro fósil y arqueológico. Doce eventos con fecha sobre la misma línea de tiempo que la temperatura y el CO₂, en dos colores: en naranja, declives y extinciones; en azul, expansiones y recolonizaciones. Porque el vaivén hizo las dos cosas, y contarlo a medias sería hacer trampa.
Y el patrón es difícil de ignorar: las bajas se agolpan donde el clima dio bandazos. La megafauna australiana —diprotodontes del tamaño de un coche— se apaga hace unos 50.000-42.000 años. Los neandertales, nuestros primos, desaparecen hace unos 40.000, en una época de vaivenes bruscos. El oso de las cavernas se extingue camino del último máximo glacial. Y el gran golpe llega con la deglaciación, hace 14.000-11.500 años: el rinoceronte lanudo, los mamuts del continente, y en América la mayor parte de su fauna gigante — mastodontes, perezosos del tamaño de un elefante, tigres de dientes de sable — en apenas dos milenios de subidas y bajadas violentas.
Un estudio de 2015 en Science (Cooper y colaboradores) puso números a esta intuición cruzando ADN antiguo con el registro climático: los colapsos de megafauna del último ciclo coinciden una y otra vez con los calentones bruscos, no con los fríos largos. El frío estable se aguanta; lo que rompe poblaciones es el cambio rápido, que mueve los ecosistemas más deprisa de lo que las especies pueden seguirlos.
Y hay una segunda lectura en la franja, marcada en azul: el vaivén no solo mata — redibuja mapas enteros. Gran Bretaña se quedó sin un solo humano al menos diez veces, expulsada su población por los hielos; la retirada más larga duró ciento veinte mil años (de hace 180.000 a hace 60.000). En el último periodo cálido comparable al nuestro, el Eemiense, había hipopótamos bañándose en el Támesis y el Rin — sus huesos aparecen debajo de Trafalgar Square. El Sáhara fue verde entre hace 14.800 y 5.500 años: sabana con ríos, lagos como el mega-Chad y cocodrilos donde hoy hay dunas; cuando el monzón se retiró, aquel mundo se secó y empujó a sus gentes hacia el valle del Nilo — no es casualidad que justo después florezca Egipto. Hasta nuestra propia expansión planetaria, la gran salida de África de hace ~70.000-60.000 años, es un episodio demográfico de este mismo gráfico. Cada diente de sierra movió las fronteras de lo habitable miles de kilómetros: a veces tocó primavera, a veces tocó irse — y el final de cada primavera también desplazó pueblos enteros.
Tres honestidades antes de que nadie me acuse de dramatizar:
- En casi todas estas extinciones actuaron a la vez el clima y la presión humana. Los cazadores estábamos allí, y la ciencia discute el reparto de culpas entre ambos — no la combinación. De hecho, esa es la parte menos tranquilizadora: la receta que tumbó a los mamuts, cambio climático rápido más presión humana sobre el territorio, es exactamente la que tenemos en marcha hoy.
- Los eventos finos se agolpan en el último ciclo en parte por el método. El radiocarbono solo data con precisión los últimos ~50.000 años; los ciclos anteriores también tuvieron recambios, pero con fechas gruesas — como el gran recambio de los carnívoros europeos alrededor del glacial extremo de hace ~450.000 años, que en el gráfico va como banda, no como punto. La franja enseña lo que se puede datar, no todo lo que pasó.
- El primer marcador es distinto (por eso va punteado). Un «cuello de botella» es el episodio en que una población queda reducida a un puñado de supervivientes, y toda su descendencia hereda la estrechez genética de ese puñado — por eso se puede detectar hoy, leyendo nuestro propio genoma. El estudio que lo propone (2023) estima que hace ~930.000-813.000 años la población de nuestros ancestros cayó a unos 1.300 adultos reproductores en todo el planeta y se quedó así unos 117.000 años: estuvimos más cerca de la casilla de salida de las extinciones que ningún otro punto del gráfico. Está en debate, y así se marca.
¿Y por qué está esta franja en el gráfico? Porque sin ella los ciclos parecen un vaivén inofensivo, casi elegante. No lo era para quien lo vivía. Cada bandazo del clima estresó ecosistemas enteros, y los que no pudieron adaptarse o moverse se quedaron por el camino. Hoy el bandazo lo estamos provocando nosotros, más rápido que los del registro y con la naturaleza ya presionada por otros frentes: según el índice Planeta Vivo, las poblaciones de vertebrados monitorizadas han caído de media un 73 % desde 1970, y la evaluación de la ONU (IPBES) estima alrededor de un millón de especies en riesgo. No hace falta profetizar nada: basta con leer la franja y preguntarse qué números añadirá este siglo — y si esta vez estaremos en la lista de los que aguantan o en la otra.
Lo que este gráfico no es
Como en toda la serie, prefiero decir esto en grande y no en letra pequeña.
Las curvas del gráfico son una versión simplificada del registro publicado del testigo EPICA Domo C (el CO₂ de Lüthi y colaboradores, 2008; la temperatura de Jouzel y colaboradores, 2007). Reproducen su forma para comunicación visual; no son el fichero de datos original punto por punto, que está publicado y es público.
La curva de temperatura es antártica y amplifica los cambios globales aproximadamente ×2, como se explica arriba. El punto moderno de +1,4 °C sí es la anomalía global instrumental, y por eso se marca aparte y no sobre la curva. En el panel de los últimos 200.000 años —los elegí porque toda esa gráfica transcurre con Homo sapiens ya en el planeta— la curva sigue siendo la antártica suavizada: los vaivenes más bruscos de ese periodo se registran sobre todo en Groenlandia y aquí apenas asoman.
La franja del registro fósil enseña lo datado, no todo lo ocurrido, y en casi todos sus eventos clima y presión humana actuaron juntos, como queda dicho. El cuello de botella de hace ~900.000 años es una propuesta reciente en debate y va marcado como tal.
Y esto no es una profecía. El testigo de hielo no dice qué va a pasar; dice qué pasó, con qué ritmo, hasta qué techo — y qué les costó a las especies que lo vivieron. La comparación con el presente la hacemos nosotros. A mí me basta con ponerla delante: ocho ciclos que respetaron un límite, una franja de despedidas cada vez que el clima dio un bandazo, y una línea que ha dejado el límite atrás a una velocidad sin precedente en el registro.
Un archivo de 800.000 años, gratis
El gráfico interactivo de arriba permite recorrer el testigo con el dedo: en cada punto se lee la antigüedad del aire, su temperatura y su CO₂. Al final hay un zoom a los últimos 280 años — esa línea vertical, ampliada, con la escala honesta.
Llevo dos años haciendo mapas del tiempo que viene. Este es el mapa del tiempo que ya pasó, y es el que da la medida de todos los demás: cuando veas una anomalía de temperatura en un mapa del canal, esta es la vara con la que se mide lo raro que es lo que estamos viviendo.
Fuentes
- Lüthi et al. (2008), Nature — CO₂ del testigo EPICA Domo C (172-300 ppm en 800.000 años). Jouzel et al. (2007), Science — temperatura del mismo testigo.
- NOAA Global Monitoring Laboratory / Scripps — serie de Mauna Loa; mayo de 2026: 432 ppm, récord de la serie. Met Office — previsión 2026: 429,4 ± 0,6 ppm de media anual. NOAA Climate.gov — ritmo actual 100-200× el de la última deglaciación.
- Organización Meteorológica Mundial — 2024, año más cálido del registro (~+1,55 °C sobre 1850-1900).
- Cooper et al. (2015), Science — calentamientos bruscos y colapsos de megafauna (ADN antiguo + radiocarbono). Higham et al. (2014), Nature — cronología neandertal. Lord et al. (2020), Current Biology — el rinoceronte lanudo. Hu et al. (2023), Science — el cuello de botella ancestral (en debate). Quaternary Science Reviews (2026) — el recambio de carnívoros del MIS 12.
- Proyecto AHOB / Natural History Museum — las ≥10 olas de ocupación de Gran Bretaña y la fauna del Eemiense. Literatura del Periodo Húmedo Africano (~14.800-5.500 años) — el Sáhara verde y el desplazamiento hacia el Nilo.
- WWF, Informe Planeta Vivo 2024 — −73 % medio en poblaciones de vertebrados monitorizadas (1970-2020). IPBES (2019) — ~1 millón de especies en riesgo.
Los datos de base son públicos. Este artículo y el gráfico que lo acompaña son divulgación: una versión visual del registro científico, no una fuente primaria.